domingo, 27 de marzo de 2016

El Convento de la Lujuria(Capitulo I)

El demonio en el convento
Era el siglo XIX de nuestra era, en ese tiempo el satanismo, el ocultismo y otras artes de “dudosa” reputación, eran artes que gozaban de mucha popularidad entre las gentes de las altas esferas de la sociedad y, sobretodo, entre los mas jóvenes de dichas clases sociales, los cuales las tenían como una mera expresión de marcar sus pautas frente a las generaciones anteriores y las generaciones venideras. También, en ese entonces, en las clases bajas, se tomaban estas formas de conocimiento, como un acto de rebeldía frente al sistema establecido. Eran tiempos inciertos, donde las revoluciones cada vez eran mas comunes.
Por aquella época, vivía una joven a punto de entrar en el convento, era una novicia de apenas diecisiete años, la cual, después de que, sus padres, la descubrieran ofreciendo sus servicios sexuales a unos viejos decrépitos y pervertidos, a cambio de dinero, decidió que tendría que ir a reflexionar acerca de hasta que punto de bajeza vital había llegado. Vivía en Dánzig, una ciudad del Imperio Prusiano. Se llamaba Kristine Alptraum, era una hermosa adolescente de ojos verdes y castaña de pelo. Era la pasión de los jóvenes hombres y la envidia de las jovencitas y mujeres maduras.
Pero, había algo muy raro en ella, imperceptible al resto de los miembros de su comunidad, eso era que, desde hace bastante tiempo, ella tenia sueños con un hombre, el cual la tenia enamorada, un hombre muy misterioso, como si hubiera salido de esas historias de novela gótica a las tenia tanta pasión por leer, parecía como Dracula, su personaje favorito de esas novelas, pero era mas misterioso, como las novelas de Ann Radcliffe. Era alto, con unos ojos marrones, pero que parecían pintados, y una melena morena, algo canosa, por la edad. Era el hombre de sus sueños, aunque, aparentemente, nunca lo vería por su internamiento en el convento.
Ella, días antes de ir al convento a empezar su ordenación en una de las ordenes de monjas que había donde ella vivía, se pasaba noches enteras llorando, porque nunca conocería a ese hombre que tanto la enamoraba en esos sueños, incluso, pensaba que tal hombre no era real, que solo era producto de la cantidad ingente de libros de novela gótica que ella había leído. Así que, cuando llego el día de entrar en ese convento, llego al mismo con una mirada lánguida y triste, pero algo la decía que debía ir allí, que era su obligación al haber deshonrado a su familia al convertirse en poco mas que en una prostituta.
Los primeros días allí fueron un infierno para ella, los horarios que tenia que seguir de manera estoica, la extrema vigilancia de las hermanas y de la madre superiora y la vida demasiado poco provista de sucesos imprevistos, de emociones fuertes, de pasiones intensas. Ella sentía que esa vida no era para ella, pero debía estar allí, que no podía salir de allí, que era una vergüenza para su familia. Pero luego, empezó a integrarse cada vez mejor en las actividades del convento, a la vida social de esa vida monástica. En gran medida, era resignación de tener que estar en el convento, mas que integración en el mismo.
Cuando pensaba que el amor no estaba reservado para ella, en un día de invierno, muy frió, casi gélido. Se presenta en el convento, un hombre que parecía un vagabundo, por los atuendos que llevaba y la larga y frondosa barba que lucia. En ese momento, al verlo, le recuerda a esos sueños, al hombre que veía en ellos, porque era idéntico a ese hombre, aunque tenia la barba mas arreglada. Entonces, la madre superiora, Ann-Marie la dice:
-¡Kristine! ¡Dejad de mirar a este hombre y dejadle pasar! ¿No ves que necesita un buen aseo y algo de comida?-
-¡Ahora mismo, madre Ann-Marie! ¡Pase buen hombre!- Respondo saliendo de mi trance.
-¡Gracias, hermanas! Les estoy muy agradecido- Nos agradece el hombre.
En ese momento, lo bañan y lo dan de comer. Kristine, no deja de mirarlo ni un momento, parece como hipnotizada por ese hombre, como si algo la dijese que, ese hombre, era el hombre con quien había soñado. Así que, le pregunto su nombre, parecía extranjero a juzgar por su acento:
-¿Como te llamas, forastero?-
-Me llamo William Coleridge, vengo del Imperio Británico, hermana. Aunque no me importaría haber nacido en este convento, porque veo que hay mujeres que sirven a nuestro señor, que son la envidia en el infierno- Responde de forma enigmática.
-¿Y como ha llegado aquí un hombre tan apuesto como tu, de las Islas Británicas?- La duda me puede.
-Digamos que, mis ideas, no encajaban en la recta sociedad británica- Dice riéndose de forma irónica.
-¿Cuando nació bienaventurado hombre?- Hago una ultima pregunta.

-Mi cuerpo hace tres décadas, mi alma, hace mucho, parece que fue ayer cuando luche contra un dictador de origen divino- El la responde.
 Esa respuesta la deja intrigada ¿Que habrá dicho con la edad de su alma? ¿Quien sera ese dictador de origen divino?. Pero esas preguntas las olvida al ver como William, se empieza a desnudar para meterse en la cama. Para ella, era el hombre mas hermoso que había visto en su vida, solo lo hacia sombra el hombre de sus sueños. Cuando cree que el hombre ha percibido que lo estaba observando, se va corriendo a sus aposentos y cierra la puerta enseguida.
Ella no puede mas, no lo aguanta, el ver a ese hombre la ha provocado demasiada excitación, parece ahora un volcán a punto de estallar. Sin mas, se desnuda, dejando sus firmes curvas al descubierto de la luz de la luna y de la oscuridad de la noche. Primero, se acaricia los pechos gentilmente, como si acariciara la cara de su hermano pequeño, Mathias, pero esas caricias son cargadas de lujuria por ese hombre que acababa de observar por unos momentos. Se pellizca los pezones, aumentando su excitación. Empieza a notar como su vagina se esta humedeciendo. Poco a poco, va bajando lentamente su mano por su cuerpo, hasta llegar a su clítoris y empieza a excitarlo con movimientos circulares, muy lentamente, quiere disfrutar del momento. Va aumentando la velocidad y se mete unos dedos en su vagina, siente mucho placer. No puede mas, aunque tiene que ahogar sus gritos, jadeos y gemidos con la almohada, estalla en un gran orgasmo, como hace tiempo que no sentía.
Al terminar, se siente culpable, se ha masturbado, ha quebrantado las normas, así que se autoflagela, para expiar sus pecados hechos esa noche, al masturbarse pensando en un hombre. No puede dormir, ese hombre, William, la ha dejado como “embrujada”. No es hasta despues de media hora, cuando cae dormida, pero tiene sueños en los que aparece ese hombre y están manteniendo las relaciones sexuales mas tórridas y salvajes que ella jamas ha imaginado.
A la mañana siguiente, ella desayuna con el resto de las hermanas y, entonces entra en la estancia William. La habitación se queda en silencio, solo los trinos de los pájaros dan el sonido a ese momento. De repente, Kristine, le ofrece sentarse a su lado. Empiezan a hablar de cosas, el le pregunta cosas de ella, de que trabajaba el antes de ir a Prusia. Era político y escritor, aunque no era tan reconocido como el que el bromeaba diciendo que era su “hermano”, Samuel Taylor Coleridge, pero sus ideas, muy cercanas a las ideas de Lord Byron, hicieron que el fuera expulsado, mas bien, enviado al exilio. Ahora se encontraba escribiendo poemas de revolución y de amores oníricos.
En ese momento la pareció a Kristine que era el hombre de sus sueños, la había dicho todo sobre el, pero algo no encajaba en el, demasiada perfección, parecía como si el estuviese diciendo lo que ella quería oír. Aunque, en su mente aun de adolescente, no parecía importarla lo mas mínimo, solo quería estar con ese hombre que ocupaba ahora sus pensamientos. No solo parecía ser una cara bonita y un cuerpo escultural, tambien era un hombre culto e inteligente.
Entonces, ella le pregunto:
-William, ¿Que opinas de las sagradas escrituras?-
-Yo, si te soy sincero, para mi las sagradas escrituras no son mas que directrices de un dictador a su pueblo sumiso, es mas, no son normas muy sanas, pretender anular lo que es mas humano, el deseo, las emociones, las pasiones. ¿Quien impone que el tener sexo antes del matrimonio, es algo maligno? Solo puede hacerlo el propio humano, que sigue las normas de un dios tirano y absolutista- Responde de forma muy clara.
Por suerte, no lo ha dicho en voz alta y solo lo ha oído Kristine, que podrían echarlo del convento por semejantes declaraciones tan blasfemas acerca de las sagradas escrituras. Kristine no salia de su asombro, ella pensaba lo mismo, solo que no podía expresarlo al estar en el convento, porque la echarían.
  Así que, deciden intimar mas, dedicar a hablar ellos, mientras dan paseos por el claustro del convento, ayudarse mutuamente en las tareas del mismo. Se dedicaban a lanzarse miradas y gestos, invitándose recíprocamente, a sentir el mas hermoso de los sentimientos humanos, el amor. Pero hubo una conversación que a Kristine, hizo querer desentrañar aun mas, el misterio de aquel hombre venido de Inglaterra. El la dijo, mientras recogían los repollos de la huerta del convento:
-Kristine, no hace falta que disimules mas, yo se que durante todos estos años, has soñado conmigo, como yo contigo, desde que te vi en las visiones de la soledad de mis estancias infernales, quise tenerte conmigo, que fueras mi reina de los infiernos, mi Lilith-
-William, ¿Como lo sabes? ¿Quien te lo ha dicho?- Kristine le pregunta asustada.
-No hacia falta que me lo dijera nadie. Veras, bajo este cuerpo de político ingles exiliado, se encuentra el alma de alguien que lucho contra Dios hace miles de años atrás. No soy de este mundo, soy de un mundo que tu conoces solo por las escrituras, de un mundo espiritual. Kristine, soy un demonio, en realidad, me llamo Belial, soy el instigador de las guerras y te deseo, mas bien, te amo desde que te vi- Dijo con voz temblorosa, pero sincera.
-No puedes tenerme, no soy para ti, debo permanecer aquí, en el convento, por la deshonra que le hecho a mi familia prostituyendome. Debo pagar por mis pecados- Seguía asustada.
-No necesitas pagar nada, si te unes a mi, mi amada Kristine. Estoy enamorado de ti, desde que te vi, y se que tu tambien estas enamorada de mi- Nace de el, una voz imponente.
Sin mediar mas palabras, se besan apasionadamente, como dos amantes que llevan años sin verse. A decir verdad, es así, porque solo se veían en sueños. Se recorren sus cuerpos con las manos desesperadamente, acariciándose de forma frenética. El la acaricia los pechos por encima de los hábitos, ella el torso a través de la camisa. Luego, el baja poco a poco, recorriendo lentamente el cuerpo de su amada, primero, la tripa, luego, las piernas, el culo, mientras la besa en el cuello. Ella baja por su cuerpo tambien, lo va desnudando, al igual que el a ella. Ahora ella toma la iniciativa, besa tu cuello, sus pectorales muy bien formados, su torso que denota que tambien fue un soldado alguna vez, su ombligo. Finalmente, le baja los pantalones y empieza masturbarlo, lentamente. Le encanta su cara de placer por el placer que ella le esta ofreciendo, y sin mas contemplaciones, empieza a practicarle sexo oral, empieza lamiendo su pene como si lamiera la nata de una manga pastelera. Le acaricia los testículos con suma delicadeza, no quiere lastimarlo.
Luego, el la levanta, la tira a la cama de los aposentos de la novicia, que ahora esta haciendo realidad el sueño que tenia desde que tenia trece años. La empieza a lamer los pechos de forma enfermiza, son hermosos a sus ojos. La abre las piernas y empiezan a masturbarla, ella empieza a gemir como una loca, esta en el paraíso ahora, aunque el que se lo muestre sea un demonio. De repente, baja el a su entrepierna y empieza a comerla toda la vagina, empezando por lamer su clítoris, hasta metiendo su lengua en su túnel del placer, en la entrada al templo del deseo y la pasión. Se incorpora y poco a poco, va introduciendo su ariete de lujuria infernal, dispuesto a profanar el cuerpo de esa diosa vestida de monja, de esa estatua griega.
Los jadeos, gemidos y gritos, se suceden, como si de una sinfonía se tratase, donde las embestidas del demonio, marcan el ritmo de la pieza, y los gemidos, jadeos y gritos, forman la melodía y la armonía. Es una sinfonía un tanto particular, donde solo hay dos instrumentos, los dos cuerpos de los amantes pecaminosos y blasfemos, que usan distintas técnicas, mientras que se van sucediendo los movimientos, desde un lento, muy erótico y sensual, hasta un prestissimo, mas salvaje y apasionado. Es la Sinfonía de la Pasión y del Amor, llegando al leitmotiv, al orgasmo deseado.
Cuando terminan, se dedican a hablar y el dice a Kristine:
-Kristine, ¿Quieres ser mi reina infernal?-
-Si, William, o ¿tendría que decir Belial?- Lo dice con un cierto aire jocoso.
-Para ti, Belial, mi Lilith, para el mundo, William- Lo dice en tono cariñoso.
-Belial, ¿Que haremos ahora, despues de profanar este templo a Dios?- Lo dice preocupada.
-Esta noche, sobre las nueve y media, luego de que las hermanas cenen, nos escapamos hacia Austria, allí conozco a otro amigo mio que le exiliaron, Henry Keats, aunque se llama en realidad Baalberoth, el rey de la inmundicia- Lo dice convencido de sus palabras. Luego, la besa con ternura.
Cuando cae la noche, despues de cenar, Kristine se vuelve a poner la ropa que antes de entrar en el convento. Este momento lo deseaba desde que entro en el convento, detestaba la ropa de monja. Entonces, escapan de allí, por el muro sur del conjunto del convento. Se montan en un carruaje que los espera allí, y van a toda velocidad hasta la frontera con Austria, donde se ocultan de los guardias de las aduanas. Cuando la atraviesan, van a Viena, allí, en la plaza central, les espera Baalberoth, un señor con aspecto de lord ingles en decadencia, a causa del exilio.
Se hospedan los tres en una pensión de aspecto tétrico, Henry, mas bien, Baalberoth, no podía pagarse otra residencia. Duermen Belial y Kristine en una habitación donde hay una gran cama, mientras Baalberoth duerme en otra con una cama individual con el colchón hecho añicos, esperando a un nuevo día, un día donde empieza una relación blasfema y sacrílega.

No hay comentarios:

Publicar un comentario