El demonio en el convento
Era
el siglo XIX de nuestra era, en ese tiempo el satanismo, el ocultismo
y otras artes de “dudosa” reputación, eran artes que gozaban de
mucha popularidad entre las gentes de las altas esferas de la
sociedad y, sobretodo, entre los mas jóvenes de dichas clases
sociales, los cuales las tenían como una mera expresión de marcar
sus pautas frente a las generaciones anteriores y las generaciones
venideras. También, en ese entonces, en las clases bajas, se tomaban
estas formas de conocimiento, como un acto de rebeldía frente al
sistema establecido. Eran tiempos inciertos, donde las revoluciones
cada vez eran mas comunes.
Por aquella época, vivía una joven a punto de entrar en el
convento, era una novicia de apenas diecisiete años, la cual,
después de que, sus padres, la descubrieran ofreciendo sus servicios
sexuales a unos viejos decrépitos y pervertidos, a cambio de dinero,
decidió que tendría que ir a reflexionar acerca de hasta que punto
de bajeza vital había llegado. Vivía en Dánzig, una ciudad del
Imperio Prusiano. Se llamaba Kristine Alptraum, era una hermosa
adolescente de ojos verdes y castaña de pelo. Era la pasión de los
jóvenes hombres y la envidia de las jovencitas y mujeres maduras.
Pero, había algo muy raro en ella, imperceptible al resto de los
miembros de su comunidad, eso era que, desde hace bastante tiempo,
ella tenia sueños con un hombre, el cual la tenia enamorada, un
hombre muy misterioso, como si hubiera salido de esas historias de
novela gótica a las tenia tanta pasión por leer, parecía como
Dracula, su personaje favorito de esas novelas, pero era mas
misterioso, como las novelas de Ann Radcliffe. Era alto, con unos
ojos marrones, pero que parecían pintados, y una melena morena, algo
canosa, por la edad. Era el hombre de sus sueños, aunque,
aparentemente, nunca lo vería por su internamiento en el convento.
Ella, días antes de ir al convento a empezar su ordenación en una
de las ordenes de monjas que había donde ella vivía, se pasaba
noches enteras llorando, porque nunca conocería a ese hombre que
tanto la enamoraba en esos sueños, incluso, pensaba que tal hombre
no era real, que solo era producto de la cantidad ingente de libros
de novela gótica que ella había leído. Así que, cuando llego el
día de entrar en ese convento, llego al mismo con una mirada
lánguida y triste, pero algo la decía que debía ir allí, que era
su obligación al haber deshonrado a su familia al convertirse en
poco mas que en una prostituta.
Los
primeros días allí fueron un infierno para ella, los horarios que
tenia que seguir de manera estoica, la extrema vigilancia de las
hermanas y de la madre superiora y la vida demasiado poco provista de
sucesos imprevistos, de emociones fuertes, de pasiones intensas. Ella
sentía que esa vida no era para ella, pero debía estar allí, que
no podía salir de allí, que era una vergüenza para su familia.
Pero luego, empezó a integrarse cada vez mejor en las actividades
del convento, a la vida social de esa vida monástica. En gran
medida, era resignación de tener que estar en el convento, mas que
integración en el mismo.
Cuando pensaba que el amor no estaba reservado para ella, en un día
de invierno, muy frió, casi gélido. Se presenta en el convento, un
hombre que parecía un vagabundo, por los atuendos que llevaba y la
larga y frondosa barba que lucia. En ese momento, al verlo, le
recuerda a esos sueños, al hombre que veía en ellos, porque era
idéntico a ese hombre, aunque tenia la barba mas arreglada.
Entonces, la madre superiora, Ann-Marie la dice:
-¡Kristine! ¡Dejad de mirar a este hombre y dejadle pasar! ¿No ves
que necesita un buen aseo y algo de comida?-
-¡Ahora mismo, madre Ann-Marie! ¡Pase buen hombre!- Respondo
saliendo de mi trance.
-¡Gracias, hermanas! Les estoy muy agradecido- Nos agradece el
hombre.
En ese momento, lo bañan y lo dan de comer. Kristine, no deja de
mirarlo ni un momento, parece como hipnotizada por ese hombre, como
si algo la dijese que, ese hombre, era el hombre con quien había
soñado. Así que, le pregunto su nombre, parecía extranjero a
juzgar por su acento:
-¿Como te llamas, forastero?-
-Me llamo William Coleridge, vengo del Imperio Británico, hermana.
Aunque no me importaría haber nacido en este convento, porque veo
que hay mujeres que sirven a nuestro señor, que son la envidia en el
infierno- Responde de forma enigmática.
-¿Y como ha llegado aquí un hombre tan apuesto como tu, de las
Islas Británicas?- La duda me puede.
-Digamos que, mis ideas, no encajaban en la recta sociedad británica-
Dice riéndose de forma irónica.
-¿Cuando nació bienaventurado hombre?- Hago una ultima pregunta.
-Mi cuerpo hace tres décadas, mi alma, hace mucho, parece que fue
ayer cuando luche contra un dictador de origen divino- El la
responde.
Esa respuesta la deja intrigada ¿Que habrá dicho con la edad de su
alma? ¿Quien sera ese dictador de origen divino?. Pero esas
preguntas las olvida al ver como William, se empieza a desnudar para
meterse en la cama. Para ella, era el hombre mas hermoso que había
visto en su vida, solo lo hacia sombra el hombre de sus sueños.
Cuando cree que el hombre ha percibido que lo estaba observando, se
va corriendo a sus aposentos y cierra la puerta enseguida.
Ella no puede mas, no lo aguanta, el ver a ese hombre la ha
provocado demasiada excitación, parece ahora un volcán a punto de
estallar. Sin mas, se desnuda, dejando sus firmes curvas al
descubierto de la luz de la luna y de la oscuridad de la noche.
Primero, se acaricia los pechos gentilmente, como si acariciara la
cara de su hermano pequeño, Mathias, pero esas caricias son cargadas
de lujuria por ese hombre que acababa de observar por unos momentos.
Se pellizca los pezones, aumentando su excitación. Empieza a notar
como su vagina se esta humedeciendo. Poco a poco, va bajando
lentamente su mano por su cuerpo, hasta llegar a su clítoris y
empieza a excitarlo con movimientos circulares, muy lentamente,
quiere disfrutar del momento. Va aumentando la velocidad y se mete
unos dedos en su vagina, siente mucho placer. No puede mas, aunque
tiene que ahogar sus gritos, jadeos y gemidos con la almohada,
estalla en un gran orgasmo, como hace tiempo que no sentía.
Al terminar, se siente culpable, se ha masturbado, ha quebrantado
las normas, así que se autoflagela, para expiar sus pecados hechos
esa noche, al masturbarse pensando en un hombre. No puede dormir, ese
hombre, William, la ha dejado como “embrujada”. No es hasta
despues de media hora, cuando cae dormida, pero tiene sueños en los
que aparece ese hombre y están manteniendo las relaciones sexuales
mas tórridas y salvajes que ella jamas ha imaginado.
A la mañana siguiente, ella desayuna con el resto de las hermanas
y, entonces entra en la estancia William. La habitación se queda en
silencio, solo los trinos de los pájaros dan el sonido a ese
momento. De repente, Kristine, le ofrece sentarse a su lado. Empiezan
a hablar de cosas, el le pregunta cosas de ella, de que trabajaba el
antes de ir a Prusia. Era político y escritor, aunque no era tan
reconocido como el que el bromeaba diciendo que era su “hermano”,
Samuel Taylor Coleridge, pero sus ideas, muy cercanas a las ideas de
Lord Byron, hicieron que el fuera expulsado, mas bien, enviado al
exilio. Ahora se encontraba escribiendo poemas de revolución y de
amores oníricos.
En ese momento la pareció a Kristine que era el hombre de sus
sueños, la había dicho todo sobre el, pero algo no encajaba en el,
demasiada perfección, parecía como si el estuviese diciendo lo que
ella quería oír. Aunque, en su mente aun de adolescente, no parecía
importarla lo mas mínimo, solo quería estar con ese hombre que
ocupaba ahora sus pensamientos. No solo parecía ser una cara bonita
y un cuerpo escultural, tambien era un hombre culto e inteligente.
Entonces, ella le pregunto:
-William, ¿Que opinas de las sagradas escrituras?-
-Yo, si te soy sincero, para mi las sagradas escrituras no son mas
que directrices de un dictador a su pueblo sumiso, es mas, no son
normas muy sanas, pretender anular lo que es mas humano, el deseo,
las emociones, las pasiones. ¿Quien impone que el tener sexo antes
del matrimonio, es algo maligno? Solo puede hacerlo el propio humano,
que sigue las normas de un dios tirano y absolutista- Responde de
forma muy clara.
Por suerte, no lo ha dicho en voz alta y solo lo ha oído Kristine,
que podrían echarlo del convento por semejantes declaraciones tan
blasfemas acerca de las sagradas escrituras. Kristine no salia de su
asombro, ella pensaba lo mismo, solo que no podía expresarlo al
estar en el convento, porque la echarían.
Así que, deciden intimar mas, dedicar a hablar ellos, mientras dan
paseos por el claustro del convento, ayudarse mutuamente en las
tareas del mismo. Se dedicaban a lanzarse miradas y gestos,
invitándose recíprocamente, a sentir el mas hermoso de los
sentimientos humanos, el amor. Pero hubo una conversación que a
Kristine, hizo querer desentrañar aun mas, el misterio de aquel
hombre venido de Inglaterra. El la dijo, mientras recogían los
repollos de la huerta del convento:
-Kristine, no hace falta que disimules mas, yo se que durante todos
estos años, has soñado conmigo, como yo contigo, desde que te vi en
las visiones de la soledad de mis estancias infernales, quise tenerte
conmigo, que fueras mi reina de los infiernos, mi Lilith-
-William, ¿Como lo sabes? ¿Quien te lo ha dicho?- Kristine le
pregunta asustada.
-No hacia falta que me lo dijera nadie. Veras, bajo este cuerpo de
político ingles exiliado, se encuentra el alma de alguien que lucho
contra Dios hace miles de años atrás. No soy de este mundo, soy de
un mundo que tu conoces solo por las escrituras, de un mundo
espiritual. Kristine, soy un demonio, en realidad, me llamo Belial,
soy el instigador de las guerras y te deseo, mas bien, te amo desde
que te vi- Dijo con voz temblorosa, pero sincera.
-No puedes tenerme, no soy para ti, debo permanecer aquí, en el
convento, por la deshonra que le hecho a mi familia prostituyendome.
Debo pagar por mis pecados- Seguía asustada.
-No necesitas pagar nada, si te unes a mi, mi amada Kristine. Estoy
enamorado de ti, desde que te vi, y se que tu tambien estas enamorada
de mi- Nace de el, una voz imponente.
Sin mediar mas palabras, se besan apasionadamente, como dos amantes
que llevan años sin verse. A decir verdad, es así, porque solo se
veían en sueños. Se recorren sus cuerpos con las manos
desesperadamente, acariciándose de forma frenética. El la acaricia
los pechos por encima de los hábitos, ella el torso a través de la
camisa. Luego, el baja poco a poco, recorriendo lentamente el cuerpo
de su amada, primero, la tripa, luego, las piernas, el culo, mientras
la besa en el cuello. Ella baja por su cuerpo tambien, lo va
desnudando, al igual que el a ella. Ahora ella toma la iniciativa,
besa tu cuello, sus pectorales muy bien formados, su torso que denota
que tambien fue un soldado alguna vez, su ombligo. Finalmente, le
baja los pantalones y empieza masturbarlo, lentamente. Le encanta su
cara de placer por el placer que ella le esta ofreciendo, y sin mas
contemplaciones, empieza a practicarle sexo oral, empieza lamiendo su
pene como si lamiera la nata de una manga pastelera. Le acaricia los
testículos con suma delicadeza, no quiere lastimarlo.
Luego, el la levanta, la tira a la cama de los aposentos de la
novicia, que ahora esta haciendo realidad el sueño que tenia desde
que tenia trece años. La empieza a lamer los pechos de forma
enfermiza, son hermosos a sus ojos. La abre las piernas y empiezan a
masturbarla, ella empieza a gemir como una loca, esta en el paraíso
ahora, aunque el que se lo muestre sea un demonio. De repente, baja
el a su entrepierna y empieza a comerla toda la vagina, empezando por
lamer su clítoris, hasta metiendo su lengua en su túnel del placer,
en la entrada al templo del deseo y la pasión. Se incorpora y poco a
poco, va introduciendo su ariete de lujuria infernal, dispuesto a
profanar el cuerpo de esa diosa vestida de monja, de esa estatua
griega.
Los jadeos, gemidos y gritos, se suceden, como si de una sinfonía
se tratase, donde las embestidas del demonio, marcan el ritmo de la
pieza, y los gemidos, jadeos y gritos, forman la melodía y la
armonía. Es una sinfonía un tanto particular, donde solo hay dos
instrumentos, los dos cuerpos de los amantes pecaminosos y blasfemos,
que usan distintas técnicas, mientras que se van sucediendo los
movimientos, desde un lento, muy erótico y sensual, hasta un
prestissimo, mas salvaje y apasionado. Es la Sinfonía de la Pasión
y del Amor, llegando al leitmotiv, al orgasmo deseado.
Cuando terminan, se dedican a hablar y el dice a Kristine:
-Kristine, ¿Quieres ser mi reina infernal?-
-Si, William, o ¿tendría que decir Belial?- Lo dice con un cierto
aire jocoso.
-Para ti, Belial, mi Lilith, para el mundo, William- Lo dice en tono
cariñoso.
-Belial, ¿Que haremos ahora, despues de profanar este templo a
Dios?- Lo dice preocupada.
-Esta noche, sobre las nueve y media, luego de que las hermanas
cenen, nos escapamos hacia Austria, allí conozco a otro amigo mio
que le exiliaron, Henry Keats, aunque se llama en realidad
Baalberoth, el rey de la inmundicia- Lo dice convencido de sus
palabras. Luego, la besa con ternura.
Cuando cae la noche, despues de cenar, Kristine se vuelve a poner la
ropa que antes de entrar en el convento. Este momento lo deseaba
desde que entro en el convento, detestaba la ropa de monja. Entonces,
escapan de allí, por el muro sur del conjunto del convento. Se
montan en un carruaje que los espera allí, y van a toda velocidad
hasta la frontera con Austria, donde se ocultan de los guardias de
las aduanas. Cuando la atraviesan, van a Viena, allí, en la plaza
central, les espera Baalberoth, un señor con aspecto de lord ingles
en decadencia, a causa del exilio.
Se hospedan los tres en una pensión de aspecto tétrico, Henry, mas
bien, Baalberoth, no podía pagarse otra residencia. Duermen Belial
y Kristine en una habitación donde hay una gran cama, mientras
Baalberoth duerme en otra con una cama individual con el colchón
hecho añicos, esperando a un nuevo día, un día donde empieza una
relación blasfema y sacrílega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario